viernes 30 de diciembre de 2011

Inconsciente

Otra vez soñé contigo. Ya de plano te digo que esto no es normal. La imagen tuya era la de siempre, caminando por una calle, hablando, moviendo las manos y por momentos quedándote callada para verme a los ojos. Tus ojos profundos me miraban fijamente para después romper de manera irreverente el momento y continuar tu habla desproporcionada. Caminamos por veredas que no sé de dónde son, sé que pertenecen a mi inconsciente, ese melancólico nocturno que cuando toma absoluta libertad acude a tu regazo. Anduvimos por una serie de lugares totalmente incoherentes que sólo podían terminar en un lugar en el que estuve en la semana pasada. Esta ocasión al parecer estuvimos en la frontera de México y Estados Unidos, en Nogales. La herida fronteriza que estaba tapizada de esa mezcla extraña que produce la escarcha con la arena y que dificulta el caminar y ensucia todos los zapatos. Estabas ahí, conmigo, caminando de nuevo, y otra vez venía esa angustia de saber que pronto te irías, en este caso, quizá por la garita a Arizona, por una puerta, por una sala de espera, en un taxi, pero aún en mi inconsciente tenía claro que quizá este era un sueño y que pronto te dejaría de ver. Por eso una cosa es soñar como si fuera realidad y otra es saber que vives en el inconsciente y querer aprovecharlo como si fuera verdad. Es la clásica ocasión en que te levantas de un sueño y piensas que fue muy real, pero te alegras de que lo aprovechaste aunque todo fuera una invención de tu mente. Así me pasó, ya que en mis sueños se repiten los lugares, las casas, los restaurantes, pero tú eres la única persona que aparece cuando le da la gana. Eras tan real que todavía tengo el olor de tu cuerpo y la sensación de que hoy por la noche te vi a los ojos. Estarás de acuerdo conmigo que esto no es normal, pero qué le voy a hacer si mi inconsciente hace lo que quiere y al parecer está decidido a no dejarte ir y sigue buscándote entre sueños para regalarme noches como las de ayer, esas que te dejan con sueño y de las que sólo me hace falta despertar con uno de tus cabellos en mi ropa, para comprobar que estuvimos juntos.